Raúl Jiménez no suele mostrar mucha emoción en el campo. Normalmente es una presencia estoica, un delantero centro que hace su trabajo y sigue adelante. Pero el sábado fue diferente. Después de rematar de cabeza un centro en el minuto 26 contra Mazatlán, poniendo al América 1-0 arriba, el veterano delantero se desplomó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos. Estaba llorando. Y cualquiera que haya seguido el fútbol mexicano, incluso de forma casual, sabía por qué.
Su padre, Raúl Jiménez Vega, había fallecido apenas unos días antes. El gol, el primero desde la muerte de su padre, fue una prueba cruda y visceral de que incluso los competidores más duros cargan con inmensas cargas. Este no fue solo un gol para el América; fue una liberación. También se vio en las reacciones de sus compañeros: una efusión de abrazos y apoyo, un reconocimiento de lo que Jiménez había estado soportando. El América ganó el partido 2-0, un resultado que pareció casi secundario al momento emocional.
Aquí está la cuestión: Jiménez ya ha pasado por el infierno antes. Todos recordamos esa horrible fractura de cráneo jugando para los Wolves en 2020. Los médicos le dijeron que quizás no volvería a jugar. No solo regresó al campo, sino que representó a México en la Copa del Mundo de 2022. Ese tipo de resiliencia no es solo física; es mental. Pero el duelo golpea de manera diferente. Es un peso para el que ninguna cantidad de entrenamiento o fortaleza mental puede prepararte por completo.
Y, sinceramente, creo que es un error subestimar cuánto esta tragedia personal, y ahora este avance emocional, podría impactar su juego. Jiménez ha estado persiguiendo su antigua forma desde hace un tiempo. Marcó 17 goles en la Premier League en la temporada 2019-20 para los Wolves, un récord personal, pero luego la lesión lo descarriló todo. Su traspaso al Fulham el verano pasado se suponía que sería un nuevo comienzo, pero solo logró 5 goles en 23 apariciones en liga. Regresó al América, donde comenzó su carrera, en enero, un movimiento que muchos vieron como una oportunidad para reencontrarse en un entorno más familiar. Este gol, frente a la afición local en el Estadio Azteca, se sintió como algo más que solo tres puntos.
Ya no es el delantero explosivo que solía ser, el tipo que podía intimidar a los defensas y marcar desde cualquier lugar. Ahora tiene 33 años. Pero a veces, estos momentos profundamente personales pueden desbloquear algo. Pueden clarificar el propósito. Pueden eliminar el ruido y traer un nuevo tipo de enfoque. Lo vimos con Christian Eriksen después de su paro cardíaco; regresó para jugar al más alto nivel. Circunstancias diferentes, claro, pero la fuerza mental necesaria para rendir después de un evento que cambia la vida es inmensa.
Hablando en serio: creo que este es el punto de inflexión para Jiménez. Ha estado esforzándose, tratando de recuperar esa chispa. Este momento, esta cruda y pública muestra de dolor y triunfo, podría ser el catalizador que necesitaba. Nunca ha sido un jugador que dependa únicamente de la velocidad; su inteligencia, su juego de espaldas, su habilidad aérea son sus puntos fuertes. Y esos no se desvanecen con la edad tan rápidamente.
Miren, el América está persiguiendo otro título de la Liga MX, cómodamente en la cima de la tabla en este momento. Necesitan que Jiménez sea más que una presencia veterana. Necesitan goles. Y estoy dispuesto a apostar que veremos un Raúl Jiménez más consistente y más decidido durante el resto de la temporada. Ahora está jugando por algo más que un contrato o un campeonato. Está jugando por su padre. Y predigo que terminará el Clausura con al menos seis goles, consolidando su lugar de regreso en la selección nacional para las próximas eliminatorias de la Copa del Mundo.